Cuando la figura de los “bolichicos” surgió como emblema de la nueva élite económica venezolana, pocos imaginaron que su riqueza y ambición de poder terminarían simbolizando la tragedia moral de un país desangrado. Estos empresarios jóvenes, íntimamente vinculados al chavismo, transformaron contratos estatales inflados en fortunas privadas y redes transnacionales de intereses económicos. Aprovechando las asimetrías del control cambiario y las oportunidades para el desvío de fondos públicos, se estima que los bolichicos estuvieron implicados en operaciones de corrupción y blanqueo de dinero que alcanzaron sumas de cientos de miles de millones de dólares, incluidos al menos 1.200 millones vinculados a fraudes cambiarios que terminaron frente a un tribunal federal en Miami.
Este saqueo, que vació arcas públicas en medio de una crisis social y humanitaria sin precedentes, no fue un fenómeno local, sino parte de un proceso global: riqueza ilícita sacada de Venezuela y legalizada mediante complejos esquemas financieros, bancos en Europa y fiduciarias offshore.
Exilio, dinero y una ambición política
Con el agravamiento de la crisis venezolana y la caída del aparato productivo, muchos de estos bolichicos no solo buscaron seguridad para su capital, sino también para sus propias vidas. Decenas de figuras empresariales vinculadas al régimen se dispersaron por Europa, con presencia notable en España, Suiza y el Reino Unido, donde algunos afrontan investigaciones por delitos de corrupción y blanqueo de dinero ligados al saqueo de PDVSA y de otros ingresos estatales.
Miami, por su parte, se convirtió en un centro neurálgico del exilio venezolano, incluyendo una rama bien financiada de la burguesía vinculada al chavismo. Muchos de estos emigrados (algunos directamente asociados con los bolichicos) reinventaron su presencia en el sur de Florida no solo como residentes acomodados, sino como actores políticos activos, conectando con círculos de poder estadounidense y fortaleciendo redes locales con fines estratégicos o económicos.
Para los bolichicos, el exilio no fue resignación, sino recalibración: mientras el aparato político venezolano continuaba bajo control de Nicolás Maduro, ellos apostaron a que una eventual caída del régimen abriría las puertas para repatriar capitales, reconfigurar la economía venezolana y consolidar un dominio privado sobre sectores clave. Para ello, empezaron a financiar activamente a figuras y organizaciones de la oposición desde el extranjero, contribuyendo a campañas, organización de protestas y lobbies que exigían cambios de régimen. La idea subyacente era simple: la derrota de Maduro significaría la toma del país por parte de quienes mejor conocían sus circuitos financieros.
Lobby en Miami y conexión con la oposición
El entorno político de Miami emergió en este contexto como una capital no oficial de la oposición venezolana en el extranjero. Líderes de grupos exiliados organizaron manifestaciones, establecieron contactos con congresistas estadounidenses y articulistas y promovieron agendas favorables a sanciones más duras contra el chavismo. Algunos de estos grupos, directa o indirectamente, se beneficiaron de redes financieras de bolichicos cuyo capital había sido blanqueado en el sur de Florida, extendiendo así su influencia económica a influencias políticas.
La narrativa era repetida y eficaz: “Este es el momento largamente esperado para restaurar la democracia y reconstruir la nación”, proclamaban desde Miami después de la captura de Nicolás Maduro, con apoyo entusiasta de legisladores locales. Pero detrás de ese entusiasmo también latía la expectativa de un retorno triunfal, donde estos exiliados con capital y conexiones con el trumpismo tomarían las riendas de la reconstrucción económica y, con ello, del poder político.
El impacto de la jugada de Trump y Rodríguez
Ese plan maestro, no obstante, encontró un obstáculo imprevisto. La decisión de Donald Trump de tolerar, e incluso instrumentalizar, la designación de Delcy Rodríguez como presidenta interina en medio del vacío de poder creado por la captura de Maduro, ha redistribuido las cartas de manera drástica. En vez de una transición dirigida por la oposición desde Miami y Europa potencialmente dominada por los intereses bolichicos exiliados, lo que ha emergido es un gobierno interino que debe lidiar primero con la legitimación interna y la presión de Washington antes de cualquier reforma estructural.
La presencia de Rodríguez como figura interina, con necesidad de negociar acuerdos energéticos y políticos con Trump, ha relegado a los bolichicos a un papel marginal. Su antigua influencia durante el rétimen de Maduro, cuando su acumulación de riqueza facilitó contratos y operaciones de desvío de fondos, ahora se enfrenta a un entorno donde la política exterior estadounidense condiciona fuertemente quién tiene acceso a la reconstrucción económica venezolana.
Así, los intentos de los bolichicos de capitalizar el cambio político desde el exterior se han visto frenados no solo por su dispersión geográfica, sino por la nueva realidad política que combina la tutela de Washington, la resistencia de sectores populares y la reconfiguración del poder dentro de Venezuela mismo.
Un capítulo truncado
El resultado es una paradoja histórica: los mismos actores que amasaron fortunas colosales mediante el saqueo sistémico han visto cómo sus planes de retorno hegemónico se desmoronan. La designación de Delcy Rodríguez y el alineamiento estratégico con Estados Unidos han impedido que estos capitales exiliados vuelvan a dominar el aparato político y económico venezolano.
Mientras la oposición política real exiliada festeja en Miami y Europa, gran parte de su energía política sigue orientada a una narrativa de cambio que, en la práctica, compite con agendas internas y con un Estado que aún negocia su futuro entre presión externa y equilibrios internos. Los bolichicos, por su parte, se enfrentan al dilema de quienes se enriquecieron en un sistema corrupto: sin anclaje político propio y dispersos globalmente, su ambición de volver a imponer su control sobre Venezuela podría convertirse en una ilusión tan efímera como las fortunas que intentaron esconder bajo capas de paraísos fiscales.
En última instancia, esta coyuntura no solo revela las contradicciones de una élite parasitaria, sino también cómo los recalibrados equilibrios geopolíticos, con Trump, Delcy y Washington como protagonistas inesperados, alteran los destinos de quienes pensaron haber ganado todo y ahora lo ven escaparse entre sus dedos.