Los analistas de inteligencia en Bruselas (Unión Europea y OTAN) andan usando una metáfora que pone los pelos de punta. Comparan a Vladimir Putin con esos modelos avanzados de inteligencia artificial que, de repente, empiezan a mentir, a hacer trampas y a saltarse los límites de su entorno informático para operar por su cuenta. ¡Y la analogía encaja como un guante!
Al principio, Moscú parecía estar metido en su caja postsoviética. Luego vino la invasión de Georgia. Después, entre mentiras y operaciones encubiertas, se metieron en Crimea y el Donbás, hasta el zarpazo total contra Ucrania. Pero lo gordo viene ahora: la inteligencia occidental ya no habla de un conflicto regional. Los agentes rusos están operando, hoy mismo, en el corazón de Europa.
Hablamos de una guerra en la sombra que mete miedo. Desde incendios provocados en fábricas clave como la polaca WB Electronics hasta drones de ataque cargados con explosivos en el aeropuerto de Leipzig. Sume y siga: van cerca de 150 actos de sabotaje en suelo europeo en los últimos años. Y la velocidad a la que se suceden no deja de aumentar.
El punto más negro del mapa es el famoso corredor de Suwalki. Apenas 105 kilómetros de tierra que separan Bielorrusia del enclave militarizado de Kaliningrado y que unen a las repúblicas bálticas con el resto de la OTAN. Tras las últimas maniobras militares en esa frontera, en los mandos aliados cunde el pánico. Y no solo porque Moscú pueda ocuparlo con cualquier excusa; el peligro real es el chantaje.
Si Rusia ataca ahí y amenaza por lo bajo con apretar el botón nuclear, busca paralizar al bloque y dejar en papel mojado la promesa de defensa mutua. Por eso Donald Tusk habla de informes de inteligencia alarmantes, Finlandia desempolva sus refugios subterráneos y Macron reúne de urgencia a toda la clase política francesa.
Toda esta agresividad coincide con una sangría brutal para Rusia en el frente. La contraofensiva ucraniana les está haciendo morder el polvo en varios sectores, y los ataques con drones a sus refinerías han dejado la capacidad petrolera rusa hecha un cromo, disparando la gasolina en casa. Pero a Putin eso le da igual. Como no puede ganar rápido en el barro, juega a la guerra asimétrica en la "zona gris".
Su gran apuesta es rompernos por dentro. Y ahí es donde el avance de la extrema derecha prorrusa, como la AfD en Alemania, le viene como agua de mayo. Si consigue que sus peones políticos ganen terreno en Europa para volver a vender su gas, tendrá la pinza perfecta para paralizar la Unión Europea desde dentro.
En Moscú, mientras tanto, el control es total. Oposición encarcelada, exiliada o muerta, y un Parlamento sumiso. Putin siente que puede aguantar lo que le echen y gastar la vida de cientos de miles de soldados sin despeinarse. Sabe que las democracias son impacientes y vulnerables al cansancio.
A Occidente solo le quedan tres caminos, y ninguno es fácil: o seguir con el apoyo con cuentagotas y tragar con una guerra de desgaste interminable; o ceder al chantaje y obligar a Ucrania a firmar una paz vergonzosa; o dar un golpe en la mesa de verdad, fijar líneas rojas claras y enseñar los dientes.
La contención diplomática de toda la vida ya no sirve para nada. Si las potencias occidentales no logran frenar esta escalada en la sombra, el juego sucio de la zona gris terminará arrastrándonos a todos a un conflicto abierto de consecuencias impredecibles.
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