El ataque a Ceuta fue una operación de guerra híbrida de Israel y Marruecos

Los servicios de inteligencia de China han determinado que el asalto a Ceuta fue un acto de guerra híbrida impulsado por la alianza entre Marruecos e Israel para castigar a España

06 de Agosto de 2026
Actualizado a las 10:20h
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Pedro Sánchez Netanyahu Ataque

Mientras la versión oficial de los acontecimientos fronterizos en la ciudad autónoma de Ceuta insiste en señalar a las redes del crimen organizado como las únicas inductoras del cruce masivo de miles de personas, en los despachos de ciberinteligencia y en los centros de análisis de Pekín se abre paso una lectura sensiblemente más inquietante. Para los diplomáticos, analistas y aparatos de seguridad del régimen chino, la irrupción de una marea humana en el perímetro europeo del Mediterráneo occidental no constituye un episodio aislado de desesperación migratoria. Se trata, bajo el prisma de la inteligencia de la segunda potencia mundial, de un ataque de guerra híbrida de alta precisión, una operación encubierta diseñada para destruir la estabilidad del Gobierno de Pedro Sánchez en respuesta a su distanciamiento estratégico del Estado de Israel y su alineamiento con la causa palestina.

Esta interpretación, que conecta directamente las cloacas de la seguridad norteafricana con los intereses de la diplomacia de Tel Aviv, ha dejado de ser una conjetura de pasillo para saltar a las páginas de las publicaciones internacionales de análisis geopolítico. Según ha publicado El Mundo, las investigaciones difundidas por especialistas en relaciones chino-israelíes, como la politóloga egipcia Nadia Helmy en la revista especializada Modern Diplomacy, revelan que los servicios de Inteligencia de Pekín han monitorizado al detalle la escalada de tensión diplomática entre Madrid e Israel. Desde esta perspectiva analítica, la brecha abierta por la masacre en Gaza y el posterior reconocimiento formal del Estado palestino por parte del Ejecutivo español habrían actuado como el detonante geopolítico. La maniobra en la frontera sur de Europa habría contado con la participación operativa del Mosad, el servicio de Inteligencia exterior israelí, interesado en instrumentalizar la histórica fricción fronteriza entre Marruecos y España para desatar una campaña de desestabilización interna contra un gobierno europeo incómodo.

El anclaje de esta hipótesis encuentra su sustrato en la transformación radical de las dinámicas de seguridad en el norte de África tras la firma de los Acuerdos de Abraham en 2020. Desde la formalización de la normalización diplomática entre Marruecos e Israel, la relación entre ambos estados ha trascendido el mero intercambio comercial para consolidar una alianza estratégica de defensa e Inteligencia sin precedentes en la región. El intercambio de tecnología de ciberespionaje, la venta de sistemas de armamento avanzado y la realización de ejercicios militares conjuntos han otorgado a las estructuras de poder en Rabat un salto cualitativo en sus capacidades de presión asimétrica.

Bajo la óptica de los analistas próximos al Gobierno chino, la crisis de Ceuta representaría la puesta en escena de esta cooperación militar y tecnológica. La capacidad de movilizar a miles de jóvenes marroquíes mediante una campaña algorítmica perfectamente segmentada en plataformas digitales no se improvisa en las redes clandestinas del contrabando; requiere una infraestructura de guerra de información y guerra psicológica propia de servicios estatales altamente especializados. La hipótesis de la infiltración de agentes para incitar el descontento y coordinar los flujos hacia los espigones de Tarajal y Benzú responde a la lógica operacional de utilizar a las poblaciones vulnerables como proyectiles geopolíticos, permitiendo a Marruecos presionar la soberanía española mientras su socio estratégico en el Próximo Oriente devuelve el golpe político por las posturas de Madrid en el escenario internacional.

Esta lectura de la crisis fronteriza no es de dominio exclusivo de los tanques de pensamiento asiáticos. La teoría sobre la autoría intelectual del conflicto ha encontrado un eco resonante en la diplomacia iberoamericana. Gustavo Petro, ha señalado de forma explícita al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, como el arquitecto en la sombra de la inestabilidad en la frontera ceutí. La acusación directa del mandatario colombiano, sosteniendo que el gobierno de Tel Aviv financia dinámicas que empujan a poblaciones empobrecidas a arriesgar sus vidas para colapsar España, y denunciando la subordinación del régimen marroquí a la estrategia de un dirigente investigado internacionalmente por crímenes contra la humanidad, refuerza la tesis de que la crisis migratoria en Ceuta es el síntoma visible de un conflicto geopolítico cruzado de alcance global.

La mirada de Pekín

Para una potencia donde el estricto control fronterizo constituye la piedra angular de la seguridad nacional y el orden social, la facilidad con la que miles de personas lograron atravesar la frontera exterior de la Unión Europea provocó un profundo impacto entre las élites políticas y militares chinas. En los canales de la prensa oficial comunista, así como en las conversaciones privadas de la diplomacia en Pekín, la pregunta recurrente sobre cómo es posible que un Estado soberano permita la vulneración impune de sus límites geográficos derivó en un minucioso examen sobre la fragilidad de las democracias occidentales.

Los medios estatales del régimen, tales como CGTN, Xinhua y el diario Global Times, focalizaron sus análisis en las fracturas internas de la Unión Europea. Expertos en relaciones internacionales de la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín, como el profesor Cui Hongjian, no dudaron en destacar que la crisis de Ceuta ha puesto al descubierto la inoperancia de las reformas migratorias comunitarias diseñadas tras la crisis de 2015. La incapacidad del bloque comunitario para articular una respuesta defensiva unificada y el cruce de acusaciones entre las capitales europeas son interpretados por Pekín como la prueba fehaciente del declive institucional de Occidente, incapaz de proteger sus perímetros de soberanía frente a las herramientas de la guerra asimétrica.

Sin embargo, más allá de la cobertura mediática de consumo interno, la diplomacia de la República Popular China evalúa los sucesos del Estrecho de Gibraltar desde un cálculo estrictamente geoestratégico y económico. En una de las arterias marítimas más transitadas del comercio mundial, convergen los intereses de seguridad energética, las rutas de la Franja y la Ruta y una presencia industrial china cada vez más determinante. Para el Gobierno de Xi Jinping, cualquier perturbación prolongada en el norte de África altera el delicado equilibrio geopolítico de una zona donde el capital chino ha realizado apuestas multimillonarias a largo plazo.

El equilibrio imposible entre el interlocutor español y el socio marroquí

La posición de Pekín ante la guerra híbrida en el Estrecho se mueve en un alambre diplomático de extrema complejidad. Por un lado, la relación bilateral entre España y China atraviesa uno de sus momentos de mayor sintonía política de las últimas décadas. La sucesión de visitas oficiales de Pedro Sánchez a Pekín ha consolidado al presidente del Gobierno español como el líder del bloque comunitario más receptivo a la cooperación económica con el gigante asiático. Para el régimen comunista, Madrid representa un puente de diálogo indispensable en una Europa cada vez más tentada por las políticas de desacoplamiento comercial impulsadas por Estados Unidos.

Por otro lado, la estrategia de proyección china en África ha encontrado en el Reino de Marruecos un pivote industrial y logístico insustituible. En apenas un quinquenio, Rabat y Pekín han tejido una alianza económica de alta intensidad que posiciona a la monarquía alauí como la puerta de entrada de las exportaciones chinas hacia los mercados europeo y africano. Atraídas por la estabilidad política del régimen marroquí, su red de acuerdos de libre comercio con la Unión Europea y sus inmensas reservas estratégicas de fosfatos —un insumo crítico para la cadena de suministro de las baterías de litio—, decenas de multinacionales estatales chinas han anunciado inversiones multimillonarias para levantar gigantescos complejos industriales de componentes para vehículos eléctricos en territorio norteafricano.

En la visión de los planificadores económicos de Pekín, Marruecos está llamado a desempeñar en el norte de África un papel idéntico al que Vietnam asume en el sudeste asiático: una plataforma de fabricación delocalizada desde la cual el capital chino puede ensamblar y reexportar sus productos hacia Europa y Estados Unidos, esquivando los aranceles punitivos e impositivos que la diplomacia occidental impone a las mercancías procedentes directamente de territorio chino. Esta triangulación industrial se apoya de forma decisiva en el desarrollo de infraestructuras críticas, donde las empresas estatales de la República Popular participan masivamente en la ampliación de redes ferroviarias de alta velocidad, parques solares de gran escala y, muy especialmente, en el nodo de Tánger Med, consolidado como el mayor puerto del Mediterráneo y una pieza clave para el tráfico global de contenedores.

Amenaza sobre el nodo del Mediterráneo occidental

Es precisamente este despliegue de intereses económicos multimillonarios lo que convierte a cualquier escalada de tensión militar o migratoria en la frontera ceutí en un dolor de cabeza estratégico para las autoridades chinas. Un choque abierto o una desestabilización prolongada en el norte de Marruecos amenaza de forma directa la seguridad de las inversiones chinas en la región, paraliza las cadenas de suministro transfronterizas y altera la operativa del nodo logístico de Tánger Med, desde donde se distribuyen los bienes manufacturados hacia el continente europeo.

Para los tanques de pensamiento de Pekín, la paradoja del conflicto reside en que dos de sus socios más valiosos en la periferia europea —el Gobierno español, como aliado político en la Unión Europea, y el Reino de Marruecos, como plataforma industrial— se encuentran atrapados en un ciclo de hostilidad asimétrica incentivado por actores de Inteligencia externos como el Mosad. La posibilidad de que la guerra híbrida en Ceuta sea utilizada para desestabilizar a un gobierno europeo proclive a China y, al mismo tiempo, tensionar la frontera sur donde el capital estatal chino ha fijado su base de operaciones en África, convierte a este rincón del Estrecho en un polvorín geopolítico de consecuencias impredecibles.

En este tablero de ajedrez donde convergen la crisis migratoria, la ciberguerra de información, el conflicto de Gaza y la competencia tecnológica global, la ciudad autónoma de Ceuta ha dejado de ser un mero punto geográfico de contención fronteriza. Bajo la atenta mirada de la inteligencia china, la frontera española se ha transformado en el escenario donde se escenifican las nuevas formas de guerra híbrida del siglo veintiuno, un espacio donde la estabilidad de las naciones soberanas se tambalea no por el choque de ejércitos convencionales, sino por la manipulación de los flujos humanos instrumentalizada desde las sombras de la geopolítica internacional.

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