Hay una frase de Carlos Bilardo que lo resume todo. La anécdota la contó el ex defensa central Óscar Ruggeri. El entonces seleccionador argentino les dijo en el vestuario a sus jugadores: "Muchachos, puede que la copa no la ganemos, porque pueden pasar muchas cosas. Pero si ganamos el premio fair play, los echo a todos". Esa es la esencia del fútbol argentino y eso es lo que les mata su grandeza, que la tienen. Lo sucedido ayer durante la final del Mundial, el juego sucio, el acoso constante a un árbitro predispuesto a ayudar a Argentina, la pelea tras el pitido final y el dar la espalda al podio mientras España recogía la copa representan algo más que un mal perder, porque Argentina no solo no sabe perder, sino que tampoco sabe ganar cuando lo hace.
Hay una belleza indiscutible en la forma de entender el juego por parte de Argentina, un lirismo de potrero que ha parido a varios de los artistas más deslumbrantes que hayan pisado jamás un terreno de juego. Sin embargo, adherida a esa gloriosa tradición lírica habita una paradoja incómoda, una constante antropológica y deportiva que descoloca tanto a los devotos del juego limpio como a los analistas más ecuánimes: la histórica incapacidad de la Albiceleste para gestionar con templanza el sabor del triunfo y el amargor de la derrota.
El fútbol argentino no es únicamente una disciplina deportiva; es una religión secular, un catalizador de identidad nacional y un espejo donde un país entero proyecta sus frustraciones, sus anhelos de grandeza y su convulsa historia política y social. Esa hipertrofia emocional ha moldeado un gen competitivo único, caracterizado por una intensidad indomable, pero también por una frontera borrosa entre la garra legítima y la conducta desmedida. Para el futbolista argentino, la victoria no representa simplemente haber superado a un rival en un marcador; es un acto de vindicación existencial donde el vencido debe ser sometido, ridiculizado o confrontado. Del mismo modo, la derrota rara vez se acepta como el fruto natural del acierto ajeno o del fallo propio, sino que tiende a ser leída como una conspiración, un despojo o una afrenta inaceptable.
Esta dualidad entre el talento supremo y la provocación sistemática no es un fenómeno reciente ni una simple anécdota contemporánea. Constituye un hilo conductor que atraviesa décadas de historia balompédica, manifestándose en finales continentales, enfrentamientos intercontinentales y citas máximas en la Copa del Mundo. A lo largo de los años, el mundo ha contemplado atónito cómo la misma camiseta capaz de bordar pasajes inolvidables de arte colectivo es también capaz de protagonizar episodios de descontrol emocional, gestos obscenos y declaraciones incendiarias que empañan el brillo de sus propias hazañas.
Glorias teñidas de tormenta
Para entender la mecánica del denominado "mal ganar", basta con examinar el epílogo del evento cumbre de la era moderna: la Copa del Mundo de Qatar 2022. Aquella noche en el Estadio Lusail ofreció una de las finales más espectaculares de la historia del deporte, un duelo titánico entre Argentina y Francia que concluyó con la coronación de Lionel Messi en el Olimpo futbolístico. Sin embargo, el instante inmediatamente posterior al silbatazo final y a la tanda de penaltis se transformó en una pasarela de provocaciones que dio la vuelta al mundo y ensombreció la épica de la victoria.
El máximo paradigma de esta conducta fue encarnado por el guardameta Emiliano "Dibu" Martínez. Tras recibir el Guante de Oro como mejor arquero del torneo, el futbolista marplatense realizó un gesto obsceno con el trofeo frente a las autoridades mundiales y las cámaras de televisión de todo el planeta. La imagen, que combinaba la irreverencia con el mal gusto en una ceremonia oficial de la FIFA, fue la consumación de una actitud que ya había mostrado durante los lanzamientos desde el punto penal, encarando, bailando y desestabilizando psicológicamente a los tiradores franceses. Lejos de reducirse a un impulso individual de júbilo desbordado, la conducta se prolongó en los vestuarios y en las celebraciones posteriores en Buenos Aires, donde el arquero exhibió muñecos con el rostro de Kylian Mbappé y entonó cánticos dedicados al delantero galo, autor de tres goles en aquella misma final.
Aquel episodio en Qatar no fue un hecho aislado en el camino hacia la tercera estrella. Días antes, el cruce de cuartos de final frente a Países Bajos había mostrado la faceta más agria y encendida del equipo dirigido por Lionel Scaloni. Tras un partido bronco, cargado de faltas, burlas e interrupciones, los jugadores argentinos celebraron la clasificación festejando directamente en la cara de los futbolistas neerlandeses derrotados, una estampa que dio la vuelta al mundo como símbolo de la falta de empatía deportiva. Instantes después, el propio Lionel Messi, habitualmente mesurado en su discurso público, interrumpió una entrevista televisiva para encarar al delantero Wout Weghorst con una frase que quedaría esculpida en el acervo popular argentino: "Qué mirás, bobo, andá para allá". El astro rosarino también se dirigió al banquillo rival para encarar al veterano entrenador Louis van Gaal, llevándose las manos a las orejas en el célebre gesto del "Topogigio" que popularizara en su día Juan Román Riquelme.
Si se rebobina la cinta de la historia hasta el Mundial de México 1986, se encuentra el antecedente definitivo de esta filosofía donde el fin justifica los medios y el orgullo del engaño se celebra como una virtud. El icónico gol de Diego Armando Maradona con la mano frente a Inglaterra no solo fue un fallo arbitral flagrante; fue bautizado inmediatamente por el propio astro como "La Mano de Dios", elevando la trampa a la categoría de justicia divina y astucia popular. En el imaginario colectivo del fútbol argentino, la acción no generó remordimiento ni recato, sino una devoción renovada hacia la "viveza criolla", esa habilidad para aventajar al rival mediante el ardid y la picardía por encima de las reglas establecidas.
Las celebraciones de los títulos de la Copa América en sus ediciones de 2021 y 2024 reafirmaron este patrón conductual. En lugar de centrar la narrativa de la victoria exclusivamente en el logro deportivo o el reconocimiento a la propia superación, los cánticos de la plantilla en los autobuses y vestuarios solieron incluir dedicatorias despectivas hacia los periodistas críticos, los países rivales o las potencias europeas. La alegría de la victoria argentina parece necesitar, de forma casi patológica, la validación a través de la humillación o el despecho hacia el otro.
Cuando la caída se vuelve conspiración
Si el triunfo argentino suele estar acompañado de la desmesura y el desafío, la derrota desencadena a menudo una tormenta de negación, victimismo y agresividad institucional. Para la cultura futbolística de este país sudamericano, perder no forma parte del juego; la derrota es vista como una anomalía intolerable, una injusticia cósmica o el resultado inevitable de arbitrajes malévolos y poderes en la sombra organizados para frenar al coloso pampeano.
El ejemplo histórico más elocuente de este "mal perder" tuvo lugar en el Mundial de Italia 1990. En una final áspera y tácticamente asfixiante frente a la selección de Alemania, el equipo capitaneado por Diego Armando Maradona cayó por la mínima debido a un penalti transformado por Andreas Brehme en los minutos finales, señalado por el colegiado mexicano Edgardo Codesal. La reacción argentina fue desmesurada. El propio Maradona rompió en llanto inconsolable durante la entrega de medallas, pero sus lágrimas mutaron rápidamente en acusaciones de sabotaje contra el presidente de la FIFA de aquel entonces, João Havelange, y contra la propia organización. El astro argentino se negó a saludar a las autoridades y declaró públicamente que el torneo estaba arreglado para evitar que Argentina revalidara el título conseguido cuatro años antes. La autocrítica por un planteamiento ultra defensivo que apenas generó peligro ofensivo a lo largo de los noventa minutos brilló por su completa ausencia.
Esta misma narrativa del despojo reapareció con fuerza durante la Copa América 2019, celebrada en territorio brasileño. Tras caer eliminados en semifinales ante el anfitrión Brasil en un encuentro marcado por decisiones arbitrales polémicas y la no intervención del VAR en dos jugadas dudosas, la delegación argentina explotó. Lionel Messi, en un arrebato inédito en su carrera internacional, rechazó salir a recoger la medalla de bronce tras ser expulsado en el partido por el tercer puesto contra Chile y lanzó acusaciones devastadoras contra la CONMEBOL.
"No tenemos que ser parte de esta corrupción, de las faltas de respeto que nos hicieron durante toda esta copa; la copa está armada para Brasil", afirmó Messi ante los micrófonos, sintetizando el pensamiento atávico de que toda derrota esconde una trama oscura para perjudicar al fútbol nacional.
El comportamiento tras las finales perdidas de manera consecutiva en la Copa América 2015 y la Copa América Centenario 2016 frente a Chile ilustra otra faceta del desplome emocional albiceleste. Incapaces de asimilar que un rival históricamente inferior en el escalafón futbolístico sudamericano los hubiera derrotado en dos tandas de penaltis consecutivas, la reacción mediática y popular en Argentina osciló entre el desprecio hacia el vencedor y la autodestrucción interna. La renuncia temporal de Messi a la selección tras la final de Nueva Jersey en 2016 fue el síntoma definitivo de una frustración colectiva incapaz de procesar el dolor de la derrota desde la madurez deportiva.
Incluso en la final de la Copa del Mundo de Brasil 2014, donde el combinado argentino compitió con enorme dignidad frente a la maquinaria alemana antes de caer con un gol de Mario Götze en la prórroga, la narrativa dominante en gran parte de la prensa y la afición local no se centró en la brillantez del rival o en las claras ocasiones falladas por sus propios delanteros, sino en la falta no pitada del guardameta Manuel Neuer sobre Gonzalo Higuaín, convirtiendo aquella jugada aislada en la prueba definitiva del "robo" que les había privado de la gloria.
Viveza criolla frente a la deontología del deporte global
Para analizar este comportamiento recurrente con el rigor de un periodista de investigación, es imprescindible desmontar las pasiones y examinar las raíces sociológicas que sustentan la idiosincrasia del fútbol argentino. El concepto de la "viveza criolla" (definido como la astucia para sacar ventaja mediante el engaño, la trampa disimulada o la transgresión de la norma sin sufrir sanción) constituye un pilar cultural arraigado en la sociedad rioplatense. En el contexto deportivo, la viveza no solo es tolerada, sino que es celebrada como una forma superior de inteligencia competitiva.
Mientras que en las culturas balompédicas europeas el respeto a la regla y al adversario se considera el cimiento insustituible del juego, en la cosmovisión de la Albiceleste la piedad hacia el rival castigado o el acatamiento sumiso de las decisiones arbitrales suelen interpretarse como signos de debilidad. Un jugador que no simula, que no frena el ritmo del partido con artimañas, que no desestabiliza psicológicamente al rival o que no protesta acaloradamente cada pitido es percibido a menudo como un futbolista sin "sangre" o desprovisto del carácter necesario para defender la camiseta nacional.
A diferencia del paradigma del juego limpio tradicional, que promueve el respeto irrestricto a la norma como principio ético y la consideración al rival como un oponente deportivo digno, la filosofía que rodea al fútbol argentino prioriza la transgresión táctica y el uso de la astucia para someter al rival. En esta visión del juego, la victoria se acompaña de vindicación y júbilo desmedido, mientras que la derrota se procesa a través de narrativas de conspiración y rechazo institucional, en marcado contraste con la aceptación del resultado y la autocrítica que definen la deontología deportiva convencional.
Esta estructura mental explica por qué figuras como Diego Armando Maradona, Dibu Martínez o Carlos Bilardo son elevadas a la categoría de héroes nacionales no solo por sus innegables talentos técnicos o tácticos, sino precisamente por su disposición a desafiar las convenciones morales del deporte. La famosa anécdota del agua ofrecida con sustancias sedantes al brasileño Branco en el Mundial de Italia 1990, lejos de provocar el repudio masivo de la afición, ha sido contada durante décadas en programas de televisión con una mezcla de complicidad y risas socarronas.
Esta brecha deontológica genera un choque inevitable cuando la selección argentina compite en el escaparate internacional. Lo que en las calles de Buenos Aires, Rosario o Córdoba se interpreta como "barrio", "mística" o "pica folclórica", en París, Londres, Tokio o Zúrich se percibe como una preocupante falta de deportividad, una conducta tóxica que empaña los valores fundamentales del deporte de alto rendimiento.
El juicio de la historia
Resulta tentador preguntarse si la selección argentina podría haber alcanzado el estatus de leyenda que ostenta en el fútbol mundial de no haber contado con este rasgo volcánico e incorregible. Hay quienes sostienen con vehemencia que la rabia, la soberbia y la paranoia competitiva son combustibles indispensables que alimentan el motor de un país geográficamente distante de los centros de poder económico del fútbol y constantemente castigado por crisis financieras recurrentes. Para esta corriente de pensamiento, la Albiceleste juega al fútbol con la desesperación del que no tiene otra vía para exigir el respeto del planeta.
Sin embargo, el juicio de la historia no es monolítico. La repetición systematic de estos patrones de "mal ganar" y "mal perder" ha privado a la Argentina de un reconocimiento unánime que su talento sublime merecería sin discusión. Equipos legendarios como el Brasil de 1970 o la Holanda de 1974 son recordados y venerados universalmente no solo por sus victorias o su estilo revolucionario, sino por la elegancia con la que habitaron el triunfo y la dignidad con la que asimilaron sus caídas. La Argentina, por el contrario, suele despertar una admiración dividida, un sentimiento ambivalente donde la fascinación por sus genios (de Di Stéfano a Kempes, de Maradona a Lionel Messi) convive con el rechazo hacia sus formas e histerias colectivas.
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