Analistas de inteligencia temen que parte de las bombas vendidas por Trump a Israel terminen en Marruecos

La potenciación de las relaciones entre Israel y Marruecos en materia de defensa y tecnología militar eleva el temor de sectores de inteligencia a que el régimen del sátrapa Mohamed VI adquiera parte del armamento pesado vendido por Estados Unidos

18 de Septiembre de 2026
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Marruecos Israel Temor Bombas
Imagen generada con Inteligencia Artificial con la herramienta Grok

Hay contratos de armamento que se firman en Washington y se sienten, meses después, a miles de kilómetros de distancia. Este es uno de ellos. Según ha publicado The Washington Post, la Administración Trump ha aprobado la venta a Israel 40.000 bombas de 2.000 libras por un valor cercano a los 2.800 millones de dólares. Esta decisión ya ha desatado una oleada de sospecha en el flanco sur de la OTAN. Sobre el papel, es una transacción militar más. Bajo la superficie, sin embargo, analistas de inteligencia ya se plantean una misma advertencia: que la estrecha alianza de defensa entre Israel y Marruecos termine desviando parte de esa potencia de fuego hacia el Norte de África.

Y es que, en la trastienda de la industria de la guerra, los contratos de armamento rara vez se quedan donde nacieron. Tienen esa tendencia, digamos, a propagarse. Cuando las cifras alcanzan cotas astronómicas y el material transferido puede borrar del mapa un complejo subterráneo entero, la firma de un documento en Washington resuena con la misma fuerza en Tel Aviv que en los cuarteles del Magreb... y, cómo no, en los servicios de inteligencia del sur de Europa.

Transacción sin precedentes

A los analistas no les ha sorprendido el alineamiento político de la operación. Lo que sí les ha dejado con la boca abierta ha sido su dimensión. Estamos hablando de la mayor transacción unitaria de este tipo de munición en la historia reciente de la diplomacia estadounidense: 40.000 bombas de 2.000 libras (unos 900 kilos cada una) repartidas, a partes iguales, entre dos categorías de armamento aéreo de alta intensidad.

Por un lado, 20.000 unidades de las series MK-84 y BLU-117, bombas de propósito general pensadas para neutralizar infraestructuras de gran tamaño y concentraciones de fuerzas. Por otro, 20.000 unidades de la I-2000, una ojiva penetrante con estructura reforzada capaz de atravesar decenas de metros de tierra y hormigón armado antes de detonar en su interior. Es, por así decirlo, el arma predilecta para destruir búnkeres y centros de mando subterráneos.

En total, unas 36.000 toneladas de explosivos. La cifra duplica con creces cualquier envío autorizado por administraciones anteriores tras crisis regionales previas. No es un reabastecimiento cualquiera: es, a todos los efectos, una apuesta por garantizar una superioridad aérea prácticamente incontestable a largo plazo.

Tenaza Tel Aviv-Rabat

Aquí es donde la ecuación se desplaza al Norte de África. Desde los Acuerdos de Abraham de 2020 y el posterior Memorando de Entendimiento en materia de Defensa firmado entre Israel y Marruecos en 2021, la relación entre ambos países ha dejado de ser un simple acercamiento diplomático. Se ha convertido, dicen quienes siguen de cerca este expediente, en una alianza militar estructural: inteligencia compartida, ciberdefensa, radares, drones de ataque, tecnología de misiles. Casi rutina institucional, a estas alturas.

Conviene ser precisos, eso sí, porque aquí el matiz importa mucho. El temor de los servicios de inteligencia no es que una bomba I-2000 salida de una fábrica de Pensilvania acabe descargándose directamente en el puerto de Casablanca. Nada tan burdo. El verdadero riesgo, apuntan varios expertos en seguridad nacional, reside en los mecanismos de compensación: la liberación de reservas propias, la redistribución de material considerado obsoleto, la transferencia de licencias de fabricación o de kits de guiado de precisión. Ese juego de vasos comunicantes que permite la opacidad de los acuerdos bilaterales de defensa.

Dicho de otro modo: recibir un volumen tan desproporcionado de munición le da a Israel margen para abastecer o capacitar, si así lo decide, a la Real Fuerza Aérea marroquí en sistemas de ataque de alta intensidad. Es una hipótesis que ya está sobre la mesa de varios servicios de inteligencia europeos.

Lo que cambiaría en el Estrecho

Hasta ahora, la brecha de capacidades entre la aviación marroquí y las fuerzas aéreas españolas se movía, sobre todo, en el terreno de la doctrina defensiva. Pura disuasión convencional. Pero si Rabat integra munición con capacidad de perforación como la I-2000, las Fuerzas Armadas de Marruecos darían un salto de escalón táctico nada desdeñable. Podrían proyectar una amenaza directa sobre infraestructuras críticas y fortificaciones que hasta ahora se consideraban, sencillamente, inexpugnables.

Y esto no ocurre en el vacío. Marruecos lleva años en pleno proceso de rearme: cazas F-16 modernizados, compra de cazas F-35, sistemas de defensa antiaérea de origen israelí, drones de última generación. Añadir munición pesada de precisión completaría, sin exagerar demasiado, el catálogo necesario para disputar la hegemonía regional.

Tensión en Madrid

Para la diplomacia española y los analistas de la OTAN, el escenario es difícil de gestionar. Washington, empeñado en consolidar a sus dos grandes socios estratégicos como garantes de estabilidad regional, parece dispuesto a mirar hacia otro lado ante las consecuencias secundarias de esta proliferación armamentística. El eje Washington-Tel Aviv-Rabat funciona, en la práctica, con una lógica propia donde los intereses de seguridad de los países del Mediterráneo occidental corren el riesgo de quedar en segundo plano.

Ahora bien, conviene no perder la perspectiva. Fuentes diplomáticas y algunos analistas de defensa restan dramatismo al asunto: recuerdan que Estados Unidos exige, por ley, certificados de uso final que en teoría impiden la retransferencia de armamento sin autorización expresa de Washington, y que ni Israel ni Marruecos tienen incentivo alguno en abrir una crisis con la Unión Europea justo cuando ambos buscan estrechar lazos comerciales con Bruselas. El riesgo existe, sí, pero convive con contrapesos legales y diplomáticos que no conviene ignorar.

Vale la pena, además, mirar cómo gestionan otros socios europeos situaciones parecidas. Francia, por ejemplo, mantiene desde hace décadas una política de exportación de armamento mucho más restrictiva hacia el Magreb, condicionada a revisiones parlamentarias periódicas. Alemania, por su parte, ha bloqueado en más de una ocasión ventas de armamento a países de la región ante el riesgo de escalada regional, un contraste que en Madrid no pasa desapercibido entre quienes reclaman una postura española más firme.

La venta de las 40.000 bombas a Israel no es, en el fondo, un hecho aislado. Es síntoma de algo más amplio: una arquitectura global donde las fronteras defensivas se difuminan en favor de grandes bloques de poder tecnológico y militar. Dinero, capacidad industrial estadounidense y la ambición de potencias medias regionales... una combinación que está reescribiendo, poco a poco, las reglas del tablero.

En los próximos meses, mientras el contrato avanza por los cauces burocráticos del Capitolio, los servicios de inteligencia europeos no solo tendrán la vista puesta en el puerto de Haifa o en las bases del desierto del Néguev. La mirarán también hacia los movimientos de carga en el Atlántico, hacia las reuniones a puerta cerrada entre mandos militares en Rabat y, sobre todo, hacia la letra pequeña de los acuerdos de cooperación industrial que suelen acompañar a paquetes de armas de este calibre. El riesgo de desvío ya no es pura especulación académica. Es, cuando menos, una variable que España no puede permitirse ignorar.

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