Durante años nos vendieron que el algoritmo lo sabía todo: qué deseábamos, a quién odiábamos y qué candidato acabaríamos votando después de tres vídeos, dos sobresaltos y una indignación convenientemente patrocinada. El ciudadano era un ratón con tarifa de datos; el propietario de la plataforma, una especie de Dios con zapatillas. Hasta que apareció un competidor bastante antiguo: el buche. Y pidió cuentas.
Las elecciones estadounidenses de mitad de mandato han dejado una lección desagradable para los fabricantes de destinos: disponer del altavoz no garantiza conservar la mayoría. La victoria demócrata en ambas cámaras, ha estropeado la fantasía de que bastaba con alimentar la pantalla para administrar la urna. La realidad tiene esa grosería: a veces se presenta sin invitación.
El coste de la vida
El coste de la vida figuraba entre las preocupaciones centrales del electorado. Y existían razones menos virtuales que un vídeo viral: la inflación interanual alcanzaba el 3,7 % en septiembre y la renta disponible real había retrocedido ese mes. Podemos discutir mensajes, segmentaciones y audiencias hasta Navidad. Pero el supermercado también comunica. Lo hace en la caja y suele presentar pruebas bastante difíciles de silenciar.
El algoritmo puede recomendarte que todo marcha estupendamente. El alquiler conserva, mira por Dios, la desagradable costumbre de cobrarse igualmente. Puede enseñarte un desfile de multimillonarios celebrando la prosperidad nacional; pero el recibo de la electricidad no acepta entusiasmo como medio de pago. Cuando el discurso asegura que eres ganador y tu cuenta corriente insiste en lo contrario, empieza una discusión en la que el extracto bancario lleva ventaja.
La sorpresa de los jóvenes
Lo más incómodo para los nuevos monarcas digitales ha llegado de los jóvenes. Según The AP Voter Poll, alrededor de siete de cada diez votantes menores de treinta años apoyaron al candidato demócrata a la Cámara, y cuanto más izquierdoso, mejor. El desplazamiento respecto a 2024 fue pronunciado. Precisamente aquellos a quienes tantos estrategas trataban como habitantes permanentes de una pecera digital han demostrado una notable capacidad para cambiar de dirección. El timo del Fachapobre se está resquebrajando.
Conviene evitar otro cuento: esos datos no prueban que los jóvenes hayan abandonado las plataformas ni identificado sus mecanismos de influencia. Tampoco estamos siguiendo necesariamente a las mismas personas entre ambas elecciones. Una presidencial y unas legislativas movilizan electorados distintos. Pero el giro sí desmiente la caricatura del joven políticamente domesticado para siempre porque ayer consumió determinados contenidos. Ver vídeos no equivale a firmar una hipoteca ideológica.
Cabe incluso una hipótesis deliciosa: que tanta exposición haya acabado produciendo cierta vacuna. A fuerza de recibir consignas envueltas en entretenimiento, algunos podrían haber desarrollado olfato para reconocer el anuncio debajo del disfraz. No está demostrado que esa saturación explique el giro electoral. Pero merece investigarse antes de seguir confundiendo horas de pantalla con obediencia. Quizá quienes más convivían con el mecanismo hayan empezado a hartarse de él. Tanto apretar el botón de influir y, al final, aparece alguien que pregunta cuánto cuesta realmente vivir.
Los algoritmos continúan no siendo inocuos
Esto tampoco significa que los algoritmos sean inocuos. Un experimento publicado en Nature encontró que el flujo algorítmico de X podía desplazar ciertas opiniones hacia posiciones conservadoras. Era un estudio realizado en 2023, no una medición del voto de estas elecciones. Acredita capacidad de influencia; no entrega un mando a distancia sobre millones de conciencias. Entre sugerir una opinión y garantizar una papeleta queda todavía bastante humanidad.
Elon Musk tiene motivos para apreciar esa diferencia. Su financiación de la causa republicana ascendió a centenares de millones de dólares. El objetivo de conservar el Congreso no se ha cumplido. No sabemos si su dinero evitó una derrota mayor; sí sabemos que no compró el resultado general deseado. Al parecer, incluso para quien fabrica cohetes resulta complicado poner en órbita una mayoría cuando el combustible doméstico escasea.
Zuckerberg merece capítulo aparte. Meta ha respaldado candidatos de ambos partidos, una modalidad de pluralismo que permite tener interlocutores aunque cambie el cartel de la puerta. Además, sus ingresos siguen creciendo. Presentarlo como un empresario arruinado por las urnas sería otra fantasía. El negocio puede funcionar mientras se resquebraja el mito político. Vender publicidad y conseguir obediencia electoral son actividades distintas, aunque algunas presentaciones comerciales procuren disimularlo.
Los grandes propietarios conservan dinero, infraestructura y capacidad para ordenar conversaciones. No han perdido sus coronas empresariales. Han recibido una advertencia sobre sus supuestas facultades sobrenaturales. El poder privado puede condicionar el debate sin disponer del consentimiento final. Reconocer sus límites no obliga a bajar la guardia: una plataforma influyente continúa necesitando escrutinio aunque sus preferencias políticas tropiecen.
La estafa intelectual
También conviene recordar que el malestar puede circular por los mismos canales que pretendían encauzarlo. La factura, el empleo incierto y la vivienda imposible tienen versiones digitales. Las redes no son una tubería por la que únicamente baja la voluntad del dueño. También transportan frustración, críticas y respuestas imprevistas. El ciudadano participa, interpreta, compara y, de vez en cuando, sale respondón.
La gran estafa intelectual fue convertir una herramienta poderosa en una explicación universal. Si ganaba nuestro candidato, estrategia brillante; si ganaba el contrario, manipulación algorítmica irresistible. Un negocio redondo para consultores: siempre cobraban y nunca se equivocaban. Bastaba cambiar el diagnóstico después del escrutinio y conservar intacta la factura.
Ahora el buche ha irrumpido en la reunión. No entiende de métricas de interacción, pero distingue una promesa de una cena. Los jóvenes tampoco parecen dispuestos a dejar que un historial de navegación les redacte el porvenir. El algoritmo seguirá recomendando. El casero seguirá cobrando. Y entre ambos, por fortuna, queda alguien que todavía puede votar.
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