Abascal lleva su estrategia de confrontación al debate sobre movilidad

El líder de Vox ataca a la DGT por promover el coche compartido y vuelve a convertir una discusión técnica en un pulso político

15 de Enero de 2026
Actualizado el 16 de enero
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Abascal lleva su estrategia de confrontación al debate sobre movilidad

Santiago Abascal ha encontrado en la movilidad urbana un nuevo escenario para un discurso ya conocido. Su ataque al director general de Tráfico, Pere Navarro, por sugerir que compartir coche puede aliviar la congestión en las ciudades no responde a un debate sobre transporte ni a una discrepancia concreta de política pública. Forma parte de una estrategia más amplia: presentar cualquier intervención institucional como una amenaza ideológica.

La reacción del líder de Vox se produjo tras una intervención técnica de Navarro en un foro sobre innovación urbana. En ella, el responsable de la Dirección General de Tráfico apuntó un dato ampliamente conocido por los expertos en planificación urbana: el problema central del tráfico en las ciudades no es solo el tipo de motor, sino el uso intensivo e individual del espacio. Abascal respondió evitando el fondo del argumento y optando por la descalificación personal y la impugnación de la institución.

Del dato al enemigo

La idea de fomentar el coche compartido no es una ocurrencia improvisada ni una imposición normativa. Es una recomendación habitual en políticas de movilidad, asumida por administraciones de distinto signo y respaldada por datos sobre congestión, contaminación y ocupación del espacio público. No implica prohibiciones ni sanciones, sino una orientación para optimizar recursos limitados. El discurso de Vox, sin embargo, no entra en ese terreno.

Abascal acusó a Navarro de actuar como un “comisario europeo” sin legitimidad democrática. El recurso es recurrente: convertir a responsables técnicos en élites ajenas a la voluntad popular y presentar cualquier recomendación pública como una intromisión en la libertad individual. En ese marco, el debate deja de ser técnico para transformarse en un relato de agravio.

La frase “hay que echarlos como sea” marca un salto en el tono. Ya no se trata de criticar una propuesta concreta, sino de cuestionar la legitimidad de quienes la formulan, aunque actúen dentro de sus competencias. El lenguaje es deliberadamente agresivo y busca alimentar una sensación de confrontación permanente.

Resulta significativo que la crítica no se dirija a una medida concreta —que no existe—, sino a una reflexión general sobre el uso compartido de un recurso escaso. Abascal no discute la limitación física del espacio urbano ni el hecho de que una gran parte de los desplazamientos diarios se realicen con un solo ocupante por vehículo. Reduce el debate a una dicotomía simple: libertad individual sin matices frente a supuesta tiranía administrativa.

Así, la movilidad deja de abordarse como un problema de planificación, eficiencia o equidad urbana y pasa a funcionar como marcador identitario. El coche, entendido como extensión del individuo, frente a cualquier intento de organizar colectivamente el espacio. La política pública, convertida en enemigo cultural.

Este tipo de discurso no busca mejorar el funcionamiento de las ciudades ni ofrecer alternativas viables. Su objetivo es erosionar la confianza en las instituciones y presentar cualquier medida racional como una imposición ideológica. La exageración no es un exceso retórico: es el núcleo de la estrategia.

Mientras tanto, el problema señalado por Navarro sigue ahí. Las ciudades no crecen al ritmo del tráfico y la congestión no se resuelve con consignas. Pero ese debate exige datos, matices y decisiones a veces impopulares. Justo lo contrario de lo que propone Abascal cuando transforma una discusión técnica en un eslogan de confrontación.

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