Juan Tamariz hizo durante décadas algo bastante más difícil que engañar a los ojos. Consiguió que millones de personas aceptaran voluntariamente ser engañadas y disfrutaran, además, de saberlo. El ilusionista madrileño ha fallecido a los 83 años en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, según confirmó este martes su hija, Ana Tamariz. Se marcha así una de las figuras más populares de la televisión española, pero también un artista cuya dimensión profesional desbordó ampliamente al personaje que conoció el gran público.
Su aspecto terminó formando parte del patrimonio sentimental de varias generaciones. El pelo revuelto, la barba, la chistera, las gafas, aquella manera de reírse antes incluso de terminar el juego y, por supuesto, el violín invisible componían un personaje reconocible en unos segundos. Tamariz entendió muy pronto que la magia podía abandonar cierta solemnidad tradicional sin perder un ápice de dificultad. Hizo del humor una forma de distracción y de la aparente improvisación una técnica cuidadosamente construida.
Para millones de españoles fue, ante todo, el mago de la televisión. Sus apariciones desde los años setenta ayudaron a trasladar el ilusionismo desde los teatros y los círculos especializados hasta los hogares. Su popularidad llegó de la mano de una televisión que todavía podía fabricar personajes compartidos por prácticamente todo el país. Tamariz perteneció a esa generación de artistas capaces de ser reconocidos por abuelos, padres y niños sin necesidad de explicar quiénes eran.
Pero reducirlo a aquella celebridad sería quedarse con la parte más vistosa del truco.
Mucho más que el mago de la televisión
Dentro del ilusionismo internacional, Tamariz ocupaba una posición considerablemente más profunda. Ganó en París el Primer Premio Mundial de Cartomagia en 1973, desarrolló técnicas y rutinas propias y construyó una extensa obra teórica sobre la percepción del espectador y la arquitectura del efecto mágico. Sus libros han formado a generaciones de profesionales y su influencia llegó mucho más lejos que su extraordinaria popularidad española. En 1993 fue reconocido como Mago del Año en Estados Unidos y también recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.
Esa doble condición explica buena parte de su singularidad. Tamariz podía hacer reír a un plató entero y, al mismo tiempo, ser estudiado por algunos de los mejores especialistas del mundo. Pocos artistas consiguen conservar simultáneamente el respeto del oficio y el cariño masivo del público. Su contribución a la Escuela Mágica de Madrid y su voluntad de compartir conocimiento ayudaron además a formar una tradición española de ilusionismo que hoy resulta difícil comprender sin su figura.
Su hija Ana, también ilusionista, comunicó su muerte con un mensaje que resume esa herencia personal y profesional. Se despidió de una persona “muy querida y admirada” y agradeció el amor que su padre había entregado a la magia. La familia ha explicado además que falleció acompañado por sus hijos.
Hay artistas que pertenecen a una disciplina y otros que acaban perteneciendo a la memoria colectiva. Tamariz consiguió ambas cosas. Elevó la cartomagia, pensó sobre ella, la enseñó y después hizo algo todavía más extraordinario, consiguió que pareciera fácil. Detrás de cada carcajada había técnica; detrás de aquel caos aparente, precisión; detrás del personaje excéntrico, un estudioso obsesionado con comprender cómo miramos, qué esperamos y en qué momento estamos dispuestos a aceptar lo imposible.
Quizá por eso su muerte tiene algo de despedida generacional. Juan Tamariz pertenecía a una España televisiva en la que todavía existían personajes capaces de instalarse durante décadas en la imaginación común. El suyo consiguió hacerlo con una baraja, un violín que nunca existió y una idea bastante hermosa del espectáculo, la de devolver durante unos minutos al adulto una capacidad que suele perder demasiado pronto. La de asombrarse.
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