El presidente francés, Emmanuel Macron, ha aprovechado un momento que su entorno define como de “alto riesgo” para la proliferación nuclear para dar un salto en la ambición de la fuerza de disuasión francesa y proyectarla más allá de sus fronteras nacionales. Desde la base naval de Île Longue, en Bretaña, donde están desplegados los cuatro submarinos lanzamisiles balísticos de la Marina francesa, Macron ha anunciado su intención de reforzar el arsenal atómico (cerca de 300 cabezas nucleares en la actualidad) y de consolidar la columna vertebral marítima de esa capacidad con la construcción de un nuevo submarino estratégico de propulsión nuclear.
El movimiento se interpreta en París como una respuesta directa a la guerra en Ucrania, al rearme de Rusia y al incremento del arsenal chino, pero también como una forma de ofrecer a Europa una alternativa propia ante las crecientes dudas sobre el compromiso de Estados Unidos con la defensa del continente.
El discurso, planteado como una actualización de la doctrina de disuasión que Macron ya esbozó en 2020, se inscribe en una estrategia de “disuasión avanzada” destinada a extender el llamado paraguas nuclear francés a socios europeos como Alemania, Polonia, los países bálticos o Suecia, que ahora se muestran más abiertos a que París ponga su fuerza nuclear al servicio de la seguridad colectiva. Entre los elementos que el Elíseo viene barajando figuran no solo el aumento del número de ojivas, sino también la posible participación de otros Estados de la UE en el ejercicio “Poker”, las maniobras periódicas con las que Francia ensaya un ataque nuclear, así como el estacionamiento en territorio aliado de aviones de combate con capacidad nuclear bajo mando francés. Pese a esa apertura, París mantiene una línea roja nítida: cualquier decisión sobre el uso del arma atómica seguirá siendo competencia exclusiva del presidente de la República.
El refuerzo del componente naval, con un nuevo submarino lanzamisiles balísticos, encaja en la lógica histórica de la disuasión francesa, basada en una doble capacidad aérea y marítima, y en la voluntad de garantizar la “segunda capacidad de golpe” incluso en caso de un ataque devastador contra el territorio francés. La base de Île Longue, donde Macron ha querido escenificar este giro, concentra el núcleo de esa fuerza: los submarinos capaces de permanecer sumergidos durante largas patrullas, invisibles y listos para lanzar misiles de largo alcance equipados con ojivas nucleares. Con el nuevo buque, París pretende modernizar una flota que ya se encuentra inmersa en un proceso de renovación tecnológica, en paralelo al despliegue progresivo de nuevos misiles nucleares más precisos y difíciles de interceptar.
El contexto internacional refuerza el calado del anuncio: la invasión rusa de Ucrania ha devuelto la amenaza nuclear al centro del tablero europeo, China acelera la expansión de su arsenal (con estimaciones de hasta mil cabezas nucleares para 2030) y el marco de control de armamentos se resquebraja tras la expiración del tratado New START entre Washington y Moscú y la guerra desatada con Irán. En este escenario, Francia insiste en presentarse como potencia nuclear responsable, abogando por un nuevo pacto de control en el marco del llamado Proceso P5, que reúne a China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos, los cinco estados poseedores de armas nucleares reconocidos por el Tratado de No Proliferación. París subraya que el fortalecimiento de su disuasión pretende reducir el riesgo de guerra abierta en Europa, reforzando la credibilidad de las represalias en caso de agresión extrema.
Las implicaciones europeas de la apuesta de Macron van más allá de la pura aritmética de ojivas y submarinos. Francia, junto con el Reino Unido, es una de las dos potencias nucleares de Europa occidental, pero a diferencia de Londres no participa en el Grupo de Planificación Nuclear de la OTAN, lo que le otorga un margen de autonomía estratégica que ahora busca utilizar para liderar el debate sobre la seguridad del continente. En los últimos años, París y Londres han estrechado su cooperación, creando un comité de coordinación para planificar operaciones nucleares y formaciones conjuntas, y comprometiéndose por escrito a responder de forma coordinada ante una “amenaza extrema para Europa”. En clave interna, la jugada de Macron también tiene lecturas políticas: en su último año de mandato y con la ultraderecha de Marine Le Pen y Jordan Bardella bien posicionada para las presidenciales de 2027, el presidente quiere fijar desde ahora el marco de una disuasión extendida que, a su juicio, garantice a los europeos que no quedarán a merced de los vaivenes de la política estadounidense.